Una práctica habitual en los comercios que no quieren ver cómo sus persianas y muros acaban llenos de pintadas de tags y graffitis de todo pelo es contratar a un grafitero para que elabore una obra sobre dicha superficie.
Existe un pacto no escrito por el que el resto de grafiteros respetarán sin dudar la pintura de un compañero y, por ende, la fachada del comercio que ha pagado por ella. En la calle Fuencarral y aledaños podéis ver muchos ejemplos. Aunque puede haber alguna salvedad en esta regla.
Una de estas excepciones la podemos ver estos días en la Gran Vía, cerca de la plaza de Callao. Allí, el Ayuntamiento contrató a un grafitero (eso suponemos al estar el logo municipal en la pintura) para que plasmara su arte en el muro que separa la calle de las obras de un edificio de apartamentos. A los pocos días, este era el aspecto que presentaba:

Alguien escribió la palabra «vendidos» (en pequeño y en grande) sobre los dibujos. Quizás algún grafitero que no está de acuerdo con que el Ayuntamiento pague por pintar grafitis en la Gran Vía y luego ponga multas millonarias a los que hacen estas mismas obras artísticas en otros muros.
La pintada de Gran Vía es una muestra más de la incoherencia municipal con respecto a los grafiteros. La penúltima fue el premio del alcalde a uno de los que dibujó el muro en el que le criticaba. En Madrid hay pintadas totalmente prescindibles, otras que nos hacen gracia y algunas que de verdad merecen ser admiradas, hechas por grandes artistas. Gallardón debería diferenciar entre unas y otras a la hora de multar, igual que lo hace a la hora de decorar los muros blancos del centro de la ciudad.