Anoche, en los teatros del Canal que con tanto boato estrenó la Comunidad de Madrid hace ahora un año, me hizo mucha gracia que La ópera de tres peniques, una obra de Kurt Weill y Bertolt Bretch que se exhibe esta semana en el Festival de Otoño, incluyera una crítica tan clara a algunas de las políticas de Esperanza Aguirre.
Me explico: la obra, que se estrenó en 1928, habla sobre la corrupción enlazándola con casos actuales como el de Coslada o la trama Gürtel (se llega a decir esa ya mítica frase de Camps «te quiero un huevo») y también añade referencias tímidas pero constantes al Gobierno regional.
La cosa empieza con la pintada de unos carteles que anuncian la coronación de La Presidenta (una especie de Esperanza Aguirre mayorzota) y sigue con unos más que explícitos carteles de protesta que rezan «No desmanteléis la Sanidad» (una de las mayores polémicas de Aguirre) y «El agua es de todos» (en referencia al intento de privatización del Canal). Hasta Gallardón se lleva una hostia con la aparición de la mano olímpica de Madrid 3016 con el lema «tengo una cabezonada».
Todos estos hechos me hicieron gracia porque la obra está subvencionada por la Comunidad de Madrid, que la aloja en uno de sus teatros. Supongo que, como las gasta nuestra querida Espe, Marina Bollaín -la directora- no tendrá oportunidad de volver a colársela. Avisadme si me equivoco.
En cuanto a la obra y por si a alguno le interesa acudir, sólo diré que el argumento es muy bueno, las canciones son geniales y que el montaje de Madrid tiene tantos altibajos como una montaña rusa. Seguro que se le podría haber sacado más partido, pero aún así, merece la pena verla (salvo el número de Jenny, que es patético y si alguno lo habéis presenciado, sabéis de lo que hablo).
Me acuerdo muchas veces de la primera vez que fui a un concierto de